Tragedia de Medusa
Había una vez una hermosa mujer llamada Medusa. Su cabello era largo y oscuro, y sus ojos resplandecían como estrellas en la noche. Sin embargo, tenía un don especial y a la vez una maldición: su cabello estaba lleno de serpientes venenosas.
Medusa vivía en un lugar apartado, lejos de los ojos curiosos de la gente. Tenía miedo de que descubrieran su secreto y se alejaran de ella, por lo que se ocultaba en las sombras y evitaba cualquier contacto con los demás. A pesar de su soledad, encontraba consuelo en los animales del bosque, que parecían aceptarla tal como era.
Un día, mientras Medusa paseaba por el bosque, se encontró con un joven valiente llamado Perseo. A diferencia de los demás, Perseo no huía al ver a Medusa. En cambio, se acercó a ella con una sonrisa en el rostro. Medusa quedó cautivada por la valentía y la amabilidad del joven.
Perseo y Medusa comenzaron a pasar tiempo juntos. Descubrieron que tenían mucho en común y, poco a poco, Medusa se atrevió a mostrarle su verdadero yo. Perseo no tuvo miedo ni repulsión, sino que la aceptó y amó tal como era.
Sin embargo, había un rey malvado en el reino vecino que había oído hablar de la belleza de Medusa. Estaba obsesionado con la idea de poseerla y decidió secuestrarla. Cuando Perseo se enteró del plan del rey, se llenó de ira y decidió rescatar a su amada.
Perseo luchó contra el rey y sus secuaces, pero se dio cuenta de que estaban en desventaja. En ese momento, recordó una historia que había escuchado sobre Medusa: si alguien miraba directamente a sus ojos, se convertiría en piedra.
Perseo tomó un escudo pulido y lo utilizó como espejo. Se acercó sigilosamente a Medusa, evitando su mirada directa, y la liberó de sus captores. Juntos, intentaron escapar del reino oscuro, pero fueron perseguidos por los soldados del rey.
En medio de la confusión y la lucha, Perseo se encontró cara a cara con Medusa. Ella, presa del miedo y la desesperación, no pudo controlar su mirada y sus ojos se encontraron con los de Perseo reflejados en el escudo. En ese instante, el joven se convirtió en una estatua de piedra.
Medusa, llena de dolor y culpa, lloró desconsoladamente al darse cuenta de que había provocado la tragedia. Decidió vivir en soledad el resto de sus días, ocultándose en lo más profundo del bosque.
Desde aquel día, Medusa se convirtió en un símbolo de advertencia, un recordatorio de los peligros de la belleza y el poder descontrolado. Su historia trágica perduró en los cuentos y las leyendas, enseñando a todos que las apariencias engañan y que el amor verdadero puede llevar a la perdición.
Y así,
Medusa vagó por la eternidad, un ser solitario condenado a recordar su trágico final y a lamentar las consecuencias de su don y su maldición.

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