Guardián de los difuntos
Había una vez en un pequeño pueblo, rodeado de frondosos bosques y altas montañas, un ente misterioso conocido como "El Guardián de los Difuntos". Este ser se encargaba de velar por el descanso eterno de aquellos que habían dejado este mundo.
El Guardián de los Difuntos era una figura enigmática, vestido con un largo manto negro y un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro. Nunca revelaba su identidad ni permitía que alguien lo viera de cerca. Solo se le conocía por su misión de proteger a los difuntos y asegurarse de que encontraran la paz en su último viaje.
Cada noche, mientras la luna iluminaba el pueblo, el Guardián de los Difuntos emergía de las sombras y se dirigía al viejo cementerio ubicado en las afueras. Con pasos sigilosos, recorría las tumbas y murmullos de despedidas llenaban el aire. Con su presencia reconfortante, transmitía tranquilidad a los espíritus inquietos.
Cuando alguien fallecía en el pueblo, se decía que el Guardián de los Difuntos visitaba la casa del difunto antes de su partida. Allí, susurros suaves y cálidos acompañaban a la familia en su dolor, brindándoles consuelo y esperanza. Les recordaba que sus seres queridos no estaban solos y que siempre estarían protegidos en su viaje hacia el más allá.
Aunque nadie conocía su origen o su verdadera forma, las historias sobre el Guardián de los Difuntos se transmitían de generación en generación. Los ancianos del pueblo contaban cómo, en tiempos difíciles, el ente protector aparecía no solo para los difuntos, sino también para aquellos que se encontraban en el umbral de la vida y la muerte, guiándolos hacia la luz.
Un joven llamado Andrés, que había perdido recientemente a su abuelo, decidió emprender un viaje para encontrar al Guardián de los Difuntos y agradecerle por su labor. Caminó por senderos oscuros y atravesó bosques tenebrosos hasta llegar al antiguo cementerio. Allí, bajo la luna llena, vio una figura encapuchada parada junto a la tumba de su abuelo.
Con voz temblorosa, Andrés habló al ente protector y le expresó su gratitud por cuidar de su abuelo. El Guardián de los Difuntos alzó la cabeza, dejando que la luz de la luna iluminara su rostro. Andrés se sorprendió al ver que aquel ser tenía los ojos llenos de bondad y compasión.
El Guardián de los Difuntos le habló con voz suave y le recordó que la muerte es solo una parte del ciclo de la vida, y que los recuerdos y el amor siempre permanecerían. Le aseguró que su abuelo estaba en paz y que siempre estaría presente en su corazón.
A partir de aquel día, Andrés regresó al pueblo y compartió la historia del Guardián de los Difuntos con todos. La gente dejó de temer a la muerte y
encontró consuelo en la idea de que, al final de sus días, alguien estaría allí para guiarlos y protegerlos.
Y así, el ente protector continuó su tarea, velando por los difuntos y ofreciendo consuelo a aquellos que los lloraban. Su presencia se convirtió en un símbolo de esperanza y serenidad para el pueblo, recordándoles que la muerte no es el final, sino el comienzo de algo nuevo y desconocido.

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